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Este sitio era una tienda de accesorios: gafas, relojería, bolsos y gorras. Cuatrocientas sesenta y cinco referencias, cuatrocientas veinte de ellas con precio calculado, importador propio, carrito, pago contra entrega y panel de pedidos. Todo eso funcionaba.
El problema no era que funcionara mal. Era lo que había dentro. Eran productos inspirados en marcas que no son nuestras, y ese modelo tiene un techo que no se ve al principio: no se puede pautar, no se puede construir una cuenta que crezca sin que la cierren, y todo lo que se invierte en hacerlo conocido le trabaja a otro. Cuanto mejor sale, antes se acaba.
Hoy se retiró completo. Las páginas de producto, las de categoría, el carrito, el pago y el buscador. Ninguna redirige a una versión «parecida»: las cuatrocientas sesenta y cinco responden que ya no existen, que es la verdad.
Lo que no se retiró es la maquinaria de debajo. Pedidos, estados, control de existencias, avisos por WhatsApp y el panel siguen ahí, apagados detrás de un interruptor. Costaron meses y son exactamente lo que la marca va a necesitar el día que lleguen las primeras piezas. Borrarlos para volver a escribirlos habría sido el desperdicio más caro del proyecto.
Queda entonces un sitio de una marca de ropa que todavía no tiene ropa. Es una posición incómoda y es la posición real, así que la página lo dice tal cual: todavía no hay nada a la venta.